Jonestown, el mayor suicidio colectivo de la historia

Publicado: 24 febrero, 2013 en Siglo XX
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El 18 de noviembre de 1978, la masacree de Jonestown conmovía al mundo, el reverendo Jim Jones, fundador del movimiento Templo del Pueblo, provocó la muerte de más de novecientos seguidores. Fue un sábado, el 18 de noviembre de 1978.

UN SABADO ESPELUZNANTE

Ese día, al atardecer, desde los altavoces de la comunidad de Jonestown, en Guyana, el reverendo Jim Jones arengaba a su incondicional grey sobre “la belleza de la muerte”.
“Debemos suicidarnos… Nos volveremos a encontrar en otro lado”, aseguraba Jones, profético, desde un altar. A su lado, una olla de metal llena de líquido rojo esperaba ser consumida por sus obedientes seguidores. Era una bebida de fruta mezclada con cianuro. La poción venenosa elegida por el reverendo para convertir a Jonestown, su comunidad utópica, libre de racismo e injusticias, en el escenario del peor suicidio o asesinato masivo de la historia moderna.

En lo que se llamó la “masacre de Jonestown”, murieron 914 personas. Una cifra escalofriante que incluyó a su instigador, el predicador Jim Jones. Este murió de una bala al corazón, disparada por una mano hasta ahora desconocida, que para algunos pudo haber sido la suya. Los demás, en su mayoría niños y ancianos, murieron tomando la poción mortal. Algunos, voluntariamente, según pudo reconstruirse en base a los que lograron escapar; muchos otros, obligados a punta de pistola.

LÍDER CARISMÁTICO

Para comprender qué ocurrió el 18 de noviembre de 1978 en Guyana hay que volver atrás y recorrer la vida de quien, al atardecer de ese día, tomó la espantosa decisión del suicidio en masa.

Nacido el 13 de mayo de 1931 en Lynn, Indiana, James Warren Jones comenzó a darse cuenta de sus dotes de líder carismático a temprana edad.

Según cuentan sus biógrafos, ya en la escuela atraía a sus compañeros con su histrionismo, y los controlaba.

Con un elevado coeficiente intelectual, al tiempo de encarar sus estudios Jones se interesó especialmente en personajes como Joseph Stalin y Adolf Hitler. Respetaba el nuevo orden que el primero quería implementar en la URSS y las habilidades maquiavélicas y orales del segundo, cuyos objetivos no compartía.

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Jones empezó a hacer gala de su oratoria predicando en las calles de Lynn la igualdad racial. Como allí nadie lo escuchaba, decidió mudarse a Richmond, una ciudad industrial donde un quinto de la población era negra y más permeable a sus sermones. En 1952, después de casarse con Marceline Baldwin -también muerta en la masacre- y de estudiar en una iglesia metodista de Indianápolis, Jones llegó a ser reverendo.
Pero su verdadera meta era formar su propia congregación, cosa que, a costa de estudiar a los mejores predicadores evangelistas del país y ser vendedor callejero de monos para obtener fondos, logró en abril de 1955, cuando fundó su organización, el Templo del Pueblo.

El grupo comenzó a ayudar a pobres y marginados a través de un centro social, con comedor gratuito y un orfanato -el mismo Jones había adoptado junto a Marceline a niños de diferentes razas y culturas- y, diez años más tarde, se mudó a California, la “tierra prometida” para las religiones alternativas.

Poco a poco, y luego de establecer en 1974 el cuartel general del Templo del Pueblo en una sinagoga abandonada de San Francisco, Jones fue reuniendo una congregación de miles de seguidores. Con su capacidad de persuasión y sugestión, los convencía de que él era un ” salvador”, venido a la Tierra para luchar contra el racismo, la diferencia de clases y el holocausto nuclear. Una encarnación de Jesús y Lenín.

Corrían entonces vientos propicios para el surgimiento de un personaje de poder carismático, como Jones. El movimiento de los derechos civiles seguía vivo en EE.UU., y la emergente política progresista exaltaba la búsqueda de la justicia y la igualdad.

En ese clima efervescente, no es de extrañar que Jones comenzara a sentir que su organización sufría el acoso de los medios así como conspiraciones por parte del gobierno norteamericano. Así, en 1977, el reverendo decidió emigrar junto a unos mil fieles -la mayoría negros- a Guyana, su nueva “tierra prometida”.

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Allí, luego de alquilar 3582 acres en la cuenca del río Orinoco, fundó Jonestown, una comuna agrícola que algunos compararon entonces con el paraíso. Los miembros del Templo del Pueblo cultivaban frutas y verduras, criaban ganado y creían vivir, por fin, en un lugar justo, multirracial y libre.

No era así. Con el correr de los meses Jonestown se transformó en un virtual campo de concentración: sus residentes no podían salir y sufrían abusos, maltratos y hasta violaciones sexuales. Como todo esto se iba haciendo público -gracias a los miembros que lograban “desertar”, a sus familiares y a la prensa-, Jim Jones pergeñó, para él y su rebaño, un final apocalíptico.

”NOCHES BLANCAS”

Con sus facultades mentales deterioradas, Jones empezó entonces a arengar sobre “traidores”, enemigos lejanos que querían destruir su sueño y amenazas de invasión desde “el exterior”. Al borde de la paranoia, una o dos veces por mes impulsaba a sus adeptos a realizar, como “pruebas de lealtad”, simulacros de suicidios masivos, que incluían la ingesta de falsas pociones de veneno. El reverendo llamaba esos ensayos “noches blancas”.

El simulacro dejó de ser tal cuando Leo Ryan, un respetado congresista demócrata de California, viajó a Guyana, encabezando una delegación de periodistas y un grupo de allegados llamado Familiares Preocupados de Jonestown. El político quería investigar”in loco ”las acusaciones de fraude, lavado de cerebro, encarcelación y tráfico de drogas y armas que pesaban sobre el Templo del Pueblo.

La visita se desarrolló en un clima cordial hasta que algunos residentes le pidieron a Ryan irse con él. Esto desencadenó la furia de algunos de los miembros más fanáticos e incondicionales del reverendo, que asesinaron a tiros al congresista y a otros cuatro acompañantes, mientras intentaban huir en su avión.

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El reverendo Jones.

El acto siguiente fue la increíble escena del suicidio masivo, con los fieles haciendo fila para tomar el cóctel de cianuro y jugo de fruta que “El Padre” iba entregando desde su altar en medio de la selva.

Según los testimonios de los sobrevivientes, las últimas palabras de Jones que se escucharon desde los altavoces de su comuna paradisíaca, un lugar donde los cadáveres de niños, mujeres y ancianos se iban apilando como en un infierno, fueron “Madre, madre, madre”. Era el sábado 18 de noviembre de 1978.

Un sábado espeluznante.

fuente: http://www.lanacion.com.ar/

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